Taita Moshoque y Mamá Pillao

Saberes

El Taita habitó el antiguo Cullipata y junto a su mujer, Mamá Pillao, y a sus hijos Allauca, Chaupín y Pauyac, construyó el gran canal por donde discurre el agua, el líquido vital para sus campos y andenerías.

  • Parece una alegoría, pero existe. Si te juntas en círculo, aquel es el agua que cae como remolino cuando viene presuroso desde lo alto. Si no tienes voluntad, las deidades notarán tu molestia y podrías desencadenar su ira. Moshoque y Mamá Pillao están allí, en cada rincón o esquina de Laraos. Así dicen.

Mantener el vínculo significa para los larahuinos cantar la Hualina y ofrendar, esfuerzos y creencias, al venerado Taita Moshoque. El Taita habitó el antiguo Cullipata y junto a su mujer, Mamá Pillao, y a sus hijos Allauca, Chaupín y Pauyac, construyó el gran canal por donde discurre el agua, el líquido vital para sus campos y andenerías.

ESQUEMA. Existe orden y cargos para realizar las labores.

Ese canal, la acequia mayor de Laraos (Huarochirí, Lima),  sigue siendo limpiado por los pobladores en un evento ritual llamado Champería, costumbre que se repite cada año desde el último jueves de mayo hasta la primera semana de junio.

PUNTUAL. La limpieza se realiza por todo el canal.

La Champería es un tejido de tramas y colores diversos, de significados singulares y enlaces perfectos que hablan de un solo eje, el que aún existe y se mantiene en estas épocas de modernidad y tecnología, de tiempos apurados y resoluciones harto prácticas. Está el rito, el personaje, las canciones, el telúrico mensaje del Yaraví, el hermanamiento a través de la Huayma y la despedida en una Shullmaya alrededor de las banderas. Está la Hualina también. Y Laraos es la Capital de la Hualina, el canto festivo y de arraigo popular donde se describe y se añora el festejo: “Cinta de colores, verde moradita, cómo va flameando por mi varita/ Al cantar Hualina que bonito brilla, por los pajonales de Quiulacocha…”

HUALINANDO. Se canta y se baila con las tres parcialidades.

Mi sorpresa se ha transformado en admiración, ante cada concepto, ante cada parada del largo recorrido. Ante las hojas de coca, ante los quipes morados, ante las varas y cintas, ante las banderas y flores como la pallanhuayta y shingushhuayta. Pero de lo que quiero escribir y contar, a cada rato, es del Brujo o Parián, del Mingao o Pacho, el dueño de la fiesta, el sabedor, el elegido, el que sabe qué hacer ante la lluvia que está por llegar, el que sabe qué hacer si aquel aguacero no quiere venir. Este Mingao debe avanzar al lado del agua. Lleva en sus manos una pala pequeña que es su símbolo,  y a cada instante,  voltea para mirar la acequia y ver si el agua lo acompaña. Si lo obedece. Y si siente que no, le reclama y exige.

Porque además, esa agua sucia, llena de pasto y tierra, trae, según cuenta la leyenda, a un sapo.  Pero claro, no a cualquier sapo. Se supone que al principio de la fiesta y en un lugar especial se reunieron las autoridades y realizaron la corrida,  con el cuy negro que llevaron. En esa corrida, ese cuy negro ingresa y desaparece en el agujero de una piedra grande y sale convertido en sapo. Así tendrá que llegar hasta Laraos, hasta la casa de Moshoque, el Museo de Sitio de la Champería, didáctico y vivo, de homenaje a esta celebración antiquísima que me tiene más orgullosa de ser peruana.

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