Los Hijos Del Agua

Un ancestral rito, practicado en el pueblo de Andamarca (Lucanas – Ayacucho), en la sierra del Perú, reúne a diversos personajes que rinden su particular homenaje al agua. Sin ella la vida no existe y por eso se juntan poderes sagrados y profanos para contentar a la naturaleza y la generosidad de ésta nunca termine. Andamarca es un pueblo mágico. Más…

Un ancestral rito, practicado en el pueblo de Andamarca (Lucanas – Ayacucho), en la sierra del Perú, reúne a diversos personajes que rinden su particular homenaje al agua. Sin ella la vida no existe y por eso se juntan poderes sagrados y profanos para contentar a la naturaleza y la generosidad de ésta nunca termine.

Andamarca es un pueblo mágico. La gente prepara quesos bien salados y nada se compara con el paijo (sopa de verduras con quesillo y carne) y el aycha cancca (carne seca asada) que venden las mujeres en el mercado.  Aquí, los fantasmas usan terno y corbata y suelen pasearse sin tocar el piso empedrado de las calles.

Aquí, observan con respeto al “Ajaimarca”, el cerro guardián del lugar, quien recibe regalos sagrados y muestra hacia la carretera esa cruz misteriosa que según algunos escapó del templo de ichu incendiado de repente o quedó allí como un emblema del catolicismo para dejar atrás a los dioses andinos que nunca se fueron.

Aquí, para matar el frío, se bebe el “quemadito” (licor de caña bien fuerte + hierbas) y en las conversaciones nocturnas ningún lugareño puede obviar la recurrente figura de la “chahuachamanta”, una modalidad antigua de llegar al matrimonio, escogiendo novia al azar sin que ésta se entere y convenciendo a la familia del enlace con infinitas jarras de licor.

MÚSICO. Camino a la laguna a ritmo de tinya.

Las huellas del pasado no permiten el silencio. Nos cuentan que esta tierra integraba la red vial del incanato y sus hijos se ocupaban de trasladar en andas al jefe máximo del imperio, siendo conocidos como “los pies del inca”. La primera imagen de Andamarca son los andenes, construcciones a modo de terrazas en las que cultivan maíz desde antiquísimas épocas.

Agosto ha llegado y los campos están sedientos. Queda poco tiempo para que se inicie la siembra y habrá que ponerse a conversar calmado con el apu (cerro) y la pachamama (madre tierra). Los andamarquinos andan apurados. Deben acelerar sus preparativos, tomar algunos tragos y mezclar al instante la seriedad y la burla, alejando así las heladas y sequías.

La tierra se abre el 2 de agosto y clama fertilidad. Necesita sentir el líquido corriendo sobre ella, pues otra vez  tendrá que comenzar su esperado proceso de gestación. Entonces los pobladores de Andamarca acuden al llamado de la naturaleza y como queriendo contentarla realizan la fiesta del agua o yarqa aspi.

Se afirma que el fluido discurriendo por las chacras es el semen del wamani, el dios de los cerros. Por eso es necesario organizar una gran celebración para que la madre tierra sepa que su nuevo embarazo traerá felicidad y pondrá contento al apu. Una serie de ofrendas se inician el 14 de agosto cuando Santa Rosa y el Niño Jesús de Praga rinden su homenaje al agua en la periferia de Andamarca. Nueve días después dos pagos simultáneos en las lagunas de Jeruycha y Yarpucocha son el epílogo de estos tradicionales tributos.

PEREGRINOS. Cada año repiten el ritual buscando fertilidad.

Las cruces integran la parafernalia de agosto, ya que luego de haber sido removidas de lo alto al parir la tierra, deben regresar a su sitio cuando ésta quede preñada otra vez. El 23 de agosto llego bien temprano a la casa de Zózimo Flores, mayordomo de la Santísima Trinidad, un añejo madero relacionado con la ganadería.

Quien recibirá su ofrenda es la laguna Jeruycha, ubicada en la banda oriental del río Negromayo. Al otro lado, banda occidental, el Señor de la Ascensión y la Santa Cruz repiten el ritual en honor a Yarpucocha. Ellos son parientes cercanos de la agricultura y de su orden y disciplina depende que papas, kiwichas, ollucos y maíces sigan naciendo y creciendo.

Los intermediarios del pueblo ante el supremo poder de la naturaleza, se reúnen en las casas de los mayordomos o encargados de la actividad. El “ñahuin churaq” o maestro, ayudado de cerca por un asistente que aprende los secretos para sucederlo algún día, revisa atentamente los diversos ingredientes del regalo. Éste será colocado en un agujero permanente llamado caja o espíritu santo.

Mientras saboreamos el paijo, los “ñahuis”, recién casados y ágiles personajes que representan al agua, protagonizan una acalorada discusión sobre quien debe llevar el ichu (paja que crece en las partes altas) y el rakiraki (plantas verdes tipo helechos, propias de las zonas bajas). De hecho, tiene mayor jerarquía el que va delante. Además, al correr describe a su modo el camino del agua. Eliseo Inca no está convencido, pero acepta ser el segundo de la fila y coge entre sus manos las ramas frescas: “El machito es el ichu y la hembra es el rakiraki. Así que juntos hacen lo que un hombre y una mujer. Son la fertilidad. Si quieres lo puedes llevar a tu casa y habrá buena producción”.

BARRO. Es el símbolo de la fertilidad en sus rostros.

Una enredadera de espinas es el cruce final para alcanzar Jeruycha. La laguna está enclavada en la zona de Tucsa, paraje típicamente ganadero. Los ñahuin han irrumpido a cada rato, moviéndose en zig zag, enseñándole al agua como debe cubrir sus campos de cultivo. El ritmo lo pone el previste, un muchacho que toca la tinya o tambor sin detenerse hasta que el pago concluya. Es el clamor del homenajeado, su voz que exige a cada instante un obsequio digno, sin errores ni burlas.

Cuando encuentran el hoyo, el maestro y su ayudante, proceden a destaparlo. Descubren emocionados que una papa grande ha procreado dos hijas y eso es símbolo, dicen, de que la producción ganadera y agrícola será muy buena. En su  interior la caja conserva tres niveles separados por piedras aplanadas. Con sumo cuidado y después de haber brindado con la laguna y el cerro, el maestro sahuma el agujero usando el humo de la bosta (excremento del ganado) más incienso. Luego de unos segundos de espera, en el que varias hojas de coca son aprisionadas por los dientes y ya es frecuente las pitadas del cigarro, ingresan bajo tierra los claveles y unos cantaritos llenos de chicha de jora, vino y agua virgen del puquial, mezclada con llampu, que viene a ser el maíz molido.

Un ingrediente importante es el wamani, el dios que se materializa al unir un poco de harina de maíz con el  unto o grasa de llama. Su forma triangular, quizá similar a un cerro, es adornada con seis hojas perfectas de coca.  Al ocupar su espacio está acompañado de dos corontas de maíz, innegables emblemas del alimento andamarquino.

Sobre la manta esperan turno las semillas de mashua, oca, habas, quinua, kiwicha, zapallo. Los cigarros respectivos para que la tierra no les gane y unas piedras especiales sacadas del río y los cerros que pasarán corriente a los elementos sagrados, luego de que éstos sean frotados con ellas unas tres veces.

El último nivel se cubre con ichu y rakiraki. Caen gruesas gotas de chicha, un poco de tierra, la piedra más grande sella el espíritu santo. Los miembros de la comitiva terminan confundidos en un emotivo abrazo y retomando su presente católico ensayan la señal de la cruz.

La relación que acaban de entablar debe ser manifestada públicamente, como una huella. El barro ahora es el símbolo. La tierra mezclada con el agua, sin posibilidad a separarlos. Creando a través de sus mutuas necesidades y afectos, un nuevo ser; cubre el rostro de la gente. Es un juego divertido, pero el fin es mostrar a todos que la vida los une. Que sus dioses bajan al llano y se confunden con los hijos que cruzaron el límite de lo sagrado y después del deber enseñan orgullosos que son como el lodo desprendido de sus mejillas y frentes.

AGRADECIDOS. Tratan con cariño al agua y por eso ella es generosa.

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